Entradas etiquetadas ‘tomás’

El último templario

Lunes, enero 18th, 2010
Manjarín, refugio templario   (Foto: _guu_)

Manjarín, refugio templario (Foto: _guu_)

Pasas las ruinas de Foncebadón y la subida se agudiza. Media hora después, la Cruz de Ferro destaca junto al camino. El monte Irago, cumbre totémica de los Montes de León desde tiempos de los romanos, domina la panorámica. Si buscas con la vista en el fondo de los valles boscosos, intuyes varias aldeas de piedra, abandonadas como Foncebadón. La carretera comienza a descender suavemente. Un par de curvas más allá el tañido de una campana cercana rompe el silencio. Miras a un lado y a otro y no ves iglesia alguna. Parece cosa de magia.

Pero enseguida lo ves. Casi oculto entre la argoma, el despoblado de Manjarín aparece junto a la poco transitada carretera. La campana sigue sonando. Un hombre de barba corta te saluda con una mano mientras tira de la cuerda de la campana con la otra. Una cruz octógona roja destaca en su túnica blanca, igual que lo hace en una bandera que ondea sobre un mástil rudimentario.

Es Tomás, Tomás el Templario. Hace muchos años que dejó su vida en la gran ciudad y se vino a las ruinas de Manjarín para vivir y atender a los peregrinos. Te invita a un café o a un trago de agua de la fuente del pueblo y te cuenta extrañas historias de templarios (al parecer hay más como él) y de energías telúricas que surcan los Montes de León. Muchos peregrinos, atraídos por una atmósfera tan especial, deciden hacer noche en Manjarín. Y no son pocos los que se quedan más de una noche disfrutando de la soledad del pueblo abandonado y de la extravagante conversación con Tomás.

El refugio, como todo en Manjarín, es precario. No tiene electricidad ni ningún tipo de comodidad moderna. Apenas cuatro paredes de piedra y madera y unas tejavanas de plástico. Pero es quizás eso, y los extraños rituales que realiza Tomás con su espada templaria, lo que atrae a quienes deciden quedarse en Manjarín.

Sea como fuera, este peculiar castillo templario es una parada obligada en la ruta, aunque sólo sea para echar un trago de agua, acuñar el sello de Tomás en la credencial y descansar tras la larga subida al puerto. Después sólo queda bajar al Bierzo. Es un descenso largo, de varias horas, donde los tobillos agradecen unas buenas chiruca para evitar torceduras que pueden acabar arruinando tontamente el Camino de cualquiera.