Archive for the ‘personajes’ Category

La llegada al Obradoiro

Sábado, julio 24th, 2010

El perro peregrino

Caminas por las calles empedradas. Iglesias, tabernas y tiendas de todo tipo flanquean tus pasos. En tu camino te cruzas con gentes que deambulan deprisa hacia el trabajo o que pasean con calma entre la ciudad monumental. La mayoría ni te mira. Estás acostumbrado a pasar por pueblos donde todo el mundo saluda al peregrino, pero la ciudad te convierte en un personaje anónimo, uno más de los cientos que cada día llegan hasta ella. Sólo se te acerca algún tendero de souvenirs para ofrecerte una degustación de tartas con la esperanza de que le compres algo. El sonido de una gaita comienza a adueñarse del ambiente. Un arco entre dos edificios protege al gaitero, que espera algún donativo de los paseantes. Pasas junto a él y, de pronto, al salir del arco, se abre ante tí la plaza. Has llegado al Obradoiro, kilómetro cero del Camino. Aún no ves la catedral. Frente a tí se alza el edificio de la Xunta y el Ayuntamiento, pero hasta que tus pasos no te llevan hasta el centro de la plaza y te giras para mirar atrás, no alcanzas a ver la fachada de la catedral. (más…)

El Camino no es una carrera

Domingo, julio 11th, 2010

El Camino no es una carrera

Durante todo el año, pero mucho más durante el verano, el Camino de Santiago se convierte para muchos en una absurda carrera contra todo. Compiten por ser los peregrinos que más kilómetros hacen al día, los que más rápido caminan y, sobre todo, por ser los primeros en llegar al final de etapa que se han marcado. Su obsesiva carrera se suele traducir en molestias para quienes coinciden con ellos en los refugios, porque no suelen andar con cuidado cuando se despiertan a las tres o cuatro de la madrugada para iniciar la etapa de su peculiar carrera. Esa competición amenaza seriamente al auténtico espíritu del Camino, un mundo diferente al de cada día, donde la solidaridad, la amistad y el compañerismo se escriben con letras mayúsculas. (más…)

El Camino desde el otro lado

Miércoles, junio 23rd, 2010

Camino al refugio

Cinco y media de la mañana, suena el despertador. Aún es noche cerrada, la estrellas se cuelan por las ventanas y el pueblo aparece dormido a la luz de la luna. Bostezando, baja las escaleras y abre la puerta de la cocina. Pone a calentar la leche y enchufa la cafetera eléctrica. Mientras se hace el café, coloca en las mesas veinte manzanas -una por cada peregrino-, unos cuantos paquetes de galletas, cucharillas y azúcar. Cuando todo está listo, pulsa el play del reproductor de CD. El Dum Pater Familias, música gregoriana basada en el Codex Calixtinus, comienza a sonar suavemente por los altavoces situados en los dormitorios. Espera aún unos segundos antes de encender las luces. Después, comienza a pasear por el dormitorio susurrando:

-Buenos días, el café con leche está listo. (más…)

La primera guía del peregrino

Viernes, mayo 7th, 2010

Libro medieval

Allá por el siglo XII, en pleno apogeo de las peregrinaciones, un monje francés recorrió la ruta jacobea con el fin de escribir una guía sobre el Camino. Se llamaba Aymeric Picaud y su obra, el Codex Calixtinus, se convirtió durante siglos en referencia obligada para quienes peregrinaban a Compostela. Hoy, por suerte, tenemos otras guías más objetivas, pero el Codex sigue resultando una de las lecturas más entrañables sobre la ruta jacobea.

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Te llevo la mochila por tres euros

Domingo, marzo 14th, 2010

Hace ya unos cuantos años estaba cenando con unos amigos en el albergue que el popular Jato tiene en Villafranca del Bierzo. Durante muchos años, su establecimiento, que al principio consistía en un pedazo de suelo bajo la cubierta de plástico de un invernadero, fue parada obligada en la etapa previa a la ascensión al Cebreiro. Con la ayuda desinteresada de los peregrinos, que a menudo se quedaban allí unos días para echarle una mano, reconstruyó desde los cimientos un viejo edificio de piedra para convertirlo en albergue.

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El peregrino oficial

Miércoles, enero 27th, 2010

Desde que el primer peregrino recorrió hace más de mil años el Camino de Santiago ha existido la picaresca. Buscavidas de toda índole en forma de hospitaleros, peregrinos, comerciantes, guías o incluso párrocos. La mayoría no hacen daño a nadie -tal vez sea esa la diferencia entre pícaro y maleante- y se dedican únicamente a vivir de lo que pueda darles la ruta. Una comida gratis aquí, un regalo allá… Otros simplemente buscan fama, ser reconocidos como el peregrino oficial o algo así.

Zapatones, el peregrino de Fraga

Zapatones, el peregrino de Fraga

Uno de estos personajes nos lo encontramos al llegar a la compostelana plaza del Obradoiro. Su atuendo, el habitual de los peregrinos medievales, con su capa, su sombrero de fieltro y su bordón no dejan lugar a dudas. Suele estar allí plantado, como si fuera uno de esos romanos recién salidos de un cuento de Asterix que posan junto al Coliseo de Roma en busca de alguna propina. Pero Zapatones no busca propina. Él se conforma con contar a quienes llegan a Santiago rocambolescas historias en las que se convierte en una suerte de “peregrino oficial”.

-Yo soy el peregrino de Fraga -decía cuando aquel aún era presidente de la Xunta-. Como Fraga no puede inspeccionar todo el Camino, me envía a mí para comprobar que todo esta bien.

Y se quedaba tan ancho. Lo peor de todo es que cuando tras un mes de caminata diaria llegas a Santiago te lo crees todo, así que volvías a tu casa convencido de que aquel tipo era realmente el peregrino de Fraga. Hace tiempo que no hablo con él. Cuando estoy por Santiago y me lo cruzo hago como que no lo veo, pero él sigue allí, siempre con grupos de peregrinos recien llegados a quienes lleva a su bar preferido, que curiosamente suele cambiar cada poco tiempo.

Con idéntico atuendo pero una barba infinítamente más larga, Marcelino Lobato es otro de esos curiosos personajes que han surgido de la ruta. Con una credencial que, como si de un rollo de papel higiénico se tratara, mide varios metros, Marcelino se dedica a recorrer el Camino de forma incansable. Aparece en periódicos de toda España, asiste a la ceremonia de apertura del año Jacobeo con las autoridades y da conferencias como peregrino experto que es. Como famoso que se precie suele llevar fotos suyas para regalar. Aún guardo una en blanco y negro en la que aparece junto con una paloma blanca. Por si fuera poco, lleva siempre encima un sello y un bote de tinta para estamparlo en las credenciales de los peregrinos que se encuentra en el camino. Genio y figura.

Me cuentan que en los últimos tiempos, cuando Marcelino se cansa de caminar, pasa los días en su “oficina”, una sencilla marquesina de madera en las afueras de Logroño donde espera a los peregrinos, a quienes regala un rato de su amena charla, algo de fruta e incluso algún que otro bordón.

Y no me cabe duda de que lo agradeces, porque el Camino está hecho de pequeños detalles como estos, que lo convierten en una ruta mágica incomparable con ningún otro recorrido del mundo. Además, ¿qué sería del Camino sin estos entrañables pícaros modernos?

El último templario

Lunes, enero 18th, 2010
Manjarín, refugio templario   (Foto: _guu_)

Manjarín, refugio templario (Foto: _guu_)

Pasas las ruinas de Foncebadón y la subida se agudiza. Media hora después, la Cruz de Ferro destaca junto al camino. El monte Irago, cumbre totémica de los Montes de León desde tiempos de los romanos, domina la panorámica. Si buscas con la vista en el fondo de los valles boscosos, intuyes varias aldeas de piedra, abandonadas como Foncebadón. La carretera comienza a descender suavemente. Un par de curvas más allá el tañido de una campana cercana rompe el silencio. Miras a un lado y a otro y no ves iglesia alguna. Parece cosa de magia.

Pero enseguida lo ves. Casi oculto entre la argoma, el despoblado de Manjarín aparece junto a la poco transitada carretera. La campana sigue sonando. Un hombre de barba corta te saluda con una mano mientras tira de la cuerda de la campana con la otra. Una cruz octógona roja destaca en su túnica blanca, igual que lo hace en una bandera que ondea sobre un mástil rudimentario.

Es Tomás, Tomás el Templario. Hace muchos años que dejó su vida en la gran ciudad y se vino a las ruinas de Manjarín para vivir y atender a los peregrinos. Te invita a un café o a un trago de agua de la fuente del pueblo y te cuenta extrañas historias de templarios (al parecer hay más como él) y de energías telúricas que surcan los Montes de León. Muchos peregrinos, atraídos por una atmósfera tan especial, deciden hacer noche en Manjarín. Y no son pocos los que se quedan más de una noche disfrutando de la soledad del pueblo abandonado y de la extravagante conversación con Tomás.

El refugio, como todo en Manjarín, es precario. No tiene electricidad ni ningún tipo de comodidad moderna. Apenas cuatro paredes de piedra y madera y unas tejavanas de plástico. Pero es quizás eso, y los extraños rituales que realiza Tomás con su espada templaria, lo que atrae a quienes deciden quedarse en Manjarín.

Sea como fuera, este peculiar castillo templario es una parada obligada en la ruta, aunque sólo sea para echar un trago de agua, acuñar el sello de Tomás en la credencial y descansar tras la larga subida al puerto. Después sólo queda bajar al Bierzo. Es un descenso largo, de varias horas, donde los tobillos agradecen unas buenas chiruca para evitar torceduras que pueden acabar arruinando tontamente el Camino de cualquiera.

El bordón del peregrino

Martes, enero 12th, 2010

Peregrina oriental con bordón   (Foto: Juanra)

De avellano, de castaño, o de algún otro tipo de árbol de los frondosos bosques de Navarra, el bordón del peregrino ha sido desde siempre compañero inseparable del caminante hacia Compostela. Su imagen, con la calabaza colgando, era habitual del peregrino medieval. En nuestros días, la cantimplora o la simple botella de agua han tomado el testigo a la calabaza.

El bordón, sin embargo, aún acompaña los pasos de los peregrinos del siglo XXI hasta Compostela. Es cierto que en los últimos años son muchos quienes se han pasado a los bastones extensibles que se pueden comprar en las tiendas de deportes. Los he probado y me gustan para pequeñas travesías de montaña, para paseos abruptos donde necesitas un punto de apoyo, pero para el Camino nada como el bordón tradicional. Lo que más me gusta de ellos es su altura. Deben medir al menos un par de palmos más que el peregrino. De ese modo puedes sujetarlo mucho más arriba que un bastón extensible, logrando una postura erguida. La espalda sufre mucho menos al no ir encorvada bajo el peso de la mochila.  Además, el cálido tacto de la madera no es comparable al plástico de los bastones extensibles; y son muchas horas cada día con el bordón en la mano. ¿Y qué me decís del rítmico sonido del bordón en el suelo del camino?

Hay varias formas para hacerse con un buen bordón. La primera es adentrarte en el bosque y hacerte con uno. La segunda es comprarlo en las muchas tiendas que lo venden a lo largo de la ruta. Y la tercera, la más entrañable, la más auténtica, es pasar a saludar a Pablito, Pablito de Azqueta, Pablito el de las varas.

El tramo navarro del Camino no podría entenderse sin la presencia de este hombre que pasa de los setenta años y que espera en el campo o junto a su casa de Azqueta -siete kilómetros después de Estella- a que pasen los caminantes. Te saluda, te invita a pasar a su casa a tomar un café y te regala una vara. Una a tu medida. Él sabe. Prueba con una y con otra hasta dar con la que mejor vaya con tu altura y constitución. Con Pablito nunca se sabe cuándo seguirás hacia Monjardín. Con él la conversación es agradable y se puede alargar durante horas. Recuerdo la primera vez que pasé por su casa, cuando yo no sabía siquiera que aquel hombre existía. Eran las ocho de la mañana de un día de primeros de julio. Al verme pasar, salió corriendo:

-Corre, pasa, que está a punto de empezar el encierro de San Fermín.

Estuvimos allí viendo correr a los toros detrás de los mozos. Un café, otro y otro más. Charlamos de todo, de la vida, del Camino, del tiempo y de los campos. Y salí de allí contento, con aquel bordón que llegó conmigo a la tumba del apostol y que arrojé al mar en Finisterre.

Como a mí, Pablito atiende cada año a miles de peregrinos. Según sus cálculos, ha entregado ya más de 25.000 varas. Él mismo se ocupa de cortarlas en los bosques de Belate, aunque ahora, por eso de la edad, recurre a sus sobrinos para que le echen una mano. Elige las mejores varas de avellano, una madera flexible y recia al mismo tiempo. A cambio, no pide nada, pero por el cariño con el que enseña las postales y fotos que le envían los caminantes, se adivina que agradece una postal al llegar a Compostela.

Yo se la envié. Gracias a su bordón mi Camino fue un poco más fácil y gracias a él, a su café y a su conversación, aquel día de julio quedará grabado para siempre en mi memoria. ¡Gracias Pablito!