Imaginad una tempestad en la montaña. Viento, frío, nieve y niebla. Una calzada perdida entre los elementos y un caminante intentando seguirla. Con las losas perdidas bajo el manto blanco, parece imposible, ¿verdad? Sin embargo, si junto al camino colocamos un gigantesco mojón formado por miles de piedras y un altísimo tronco clavado en medio, seguro que la orientación resulta posible. Y ese parece que era el cometido inicial de la Cruz de Ferro. Un gigantesco mojón para orientar a los celtas desde la noche de los tiempos. Vamos a rebuscar en una historia tan fascinante para ver cómo ha llegado convertida en símbolo del Camino hasta el siglo XXI.
Milladoiro, mojón, mercurial, hito… podemos llamarlo como queramos, pero no es sino un montón de piedras que marca la ruta a seguir. Aún hoy, en pleno siglo XXI, son muy populares en el Camino y en la montaña. Su origen parece perderse en la noche de los tiempos. En Europa fueron los celtas quienes los extendieron. No sólo servían como orientación sino también para invocar protección a las divinidades protectoras de los caminos. Así parece que fue creada la popular Cruz de Ferro.
Con la llegada de los romanos, que tuvieron en la cercana Astorga una de sus principales capitales, el gigantesco mojón pudo ser reconvertido en un hito fronterizo. Con él se marcaría la frontera entre dos territorios diferenciados dentro del imperio. Además, parece que en la Cruz de Ferro se levantó un altar dedicado a Mercurio, el dios romano protector de los viajeros. La costumbre, heredada de los celtas, de dejar una piedra como ofrenda a Mercurio, perduró durante siglos.
Con Europa cristianizada y en pleno auge del Camino de Santiago, se atribuye la colocacion de la primera cruz a Gaulcemo, eremita con vocacion hospitalaria, instalado en este inhospito lugar a finales del siglo XI. Dispuesto a prestar todo tipo de auxilio a los peregrinos, levantó un hospital para acogerlos y la cruz sobre el humilladero para orientarlos en invierno, durante las grandes nevadas que hacían desaparecer el camino, un elemento religioso con una finalidad humanitaria que acabó dando nombre a este mítico lugar.
Los siglos siguieron y el montón de piedras fue haciéndose cada vez más grande, hasta llegar a ser como lo conocemos en la actualidad. Lamentablemente, en los últimos años, se ha popularizado la costumbre cutre y chabacana de dejar ofrendas junto a la cruz. Paquetes de tabaco, fotos, guirnaldas, botas, plásticos y todo tipo de objetos afean la Cruz de Ferro, que está perdiendo a marchas forzadas su sobriedad y encanto originales. Esperemos que la moda pase rápido para que volvamos a disfrutar de una Cruz de Ferro auténtica, lejos del estercolero en el que se está convirtiendo en los últimos años.
Porque, ¿qué mejor lugar para disfrutar del Camino más auténtico que este paraje inhóspito de los hermosos Montes de León?
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También en Finisterre da miedo ver la montaña de basura (es lo que parece) que las personas dejan, en la punta bajo el faro… una pena… si quieren quemar la ropa, vale. Pero no entiendo porque dejar tanto trasto.