Bajo las aguas de Yesa

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Ruesta, en lo alto de un cerro

Corría el año 1959, en plena fiebre del oro de construcción de pantanos, cuando muchos pueblos del prepirineo quedaron abandonados. Sus vecinos hicieron las maletas y sin mirar atrás porque sabían que no serían capaces de aguantarlo, abandonaron las casas que habían sido su hogar desde siglos atrás. Las aguas del río Aragón, embalsadas en la presa de Yesa, devoraban ya sus campos de cultivo y no tardarían en llegar a orillas del pueblo.

Ruesta fue uno de aquellos pueblos que acababan de caer súbitamente en las garras del olvido. Su rica historia acababa de repente bajo las aguas del pantano. Y eso que era un pueblo hermoso, de callejuelas intrincadas, abrazadas a lo alto de un cerro y dominadas por una fortaleza de origen musulmán. Pero de nada sirvieron sus almenas para luchar contra las excavadoras ni las apisonadoras.

Durante años, Ruesta quedó en Letargo, igual que Tiermas, Serramianas y otros muchos pueblos de la Canal de Berdún. El pueblo, que había sido parada importante en el Camino de Santiago, perdió su condición de tal y sus terrenos pasaron a ser propiedad de la Confederación Hidrográfica del Ebro.

Pero un día, a finales de los ochenta, el sindicato CGT recibió permiso para rehabilitar el pueblo. Ruesta ya no está abandonado. Su albergue de peregrinos, gestionado por el propio sindicato, tiene un aire hippielongo divertido, con una terraza con panorámicas infinitas y música de Bob Marley sonando a todas horas. Hay también un centro de interpretación del Camino y muchos edificios cargados de historia. Pero sobre todo, el paseo por Ruesta sabe a vida, a pueblo salvado de la muerte, a pueblo joven y aletargado, a pueblo viejo pero recién nacido.

Hasta ahora olvidada, Ruesta, como otros muchos pueblos del entorno del pantano, vuelven al primer plano informativo. Ha sido aprobado el recrecimiento de la presa; las aguas volverán a subir y se acercarán demasiado a las casas. El embarcadero, los campos, alguna ermita solitaria… todo quedará anegado. Y con ellos desaparecerán también casi diez kilómetros del histórico Camino Aragonés, que repintarán por otro lado, pero ya no será lo mismo.

Piedras azules contra el recrecimiento inundan ahora el Camino. Desde Jaca hasta Santiago, peregrinos sin nombre colocan su piedra azul a la orilla del Camino en un grito desesperado contrario al aumento del pantano. Difícilmente lo oirán quienes mandan, pero mientras las obras no acaben, la batalla no está del todo perdida.

Más información en:

www.ruesta.com

http://www.cgt.org.es/spip.php?article1682

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