La gran maratón: Camino del Ebro

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Noria en el monasterio de Rueda

Corría el siglo XII cuando grandes oleadas de peregrinos llegados en barco desde Italia y Francia comenzaron a remontar el cauce del Ebro en su camino hacia Santiago. La Reconquista había avanzado al sur del valle del Ebro y la vía había quedado abierta desde Sant Carles de la Rapita, en pleno delta hasta Logroño, donde se unía al Camino Francés. Hoy, muchos siglos después, la ruta ha sido perfectamente recuperada y señalizada y existen suficientes refugios y hostales como para poderla realizar. El único problema, su longitud: 1.055 Km desde el Mediterráneo hasta Compostela.

Los extensos arrozales del delta marcan los primeros kilómetros de esta ruta que después se interna entre naranjos. Las montañas de la Terra Alta se dibujan enseguida ante el peregrino, pero no existen grandes subidas porque se salvan de manera inteligente a través de una vía verde salpicada de túneles. Cataluña va quedando atrás conforme nos acercamos a Caspe, donde el Ebro se ensancha en el embalse de Mequinenza.

Amplios páramos se extienden en el tramo aragonés. Páramos de cereal, páramos de frutas, pero nunca páramos de nada. Es la diferencia con el Camino Catalán, que atraviesa el desierto de Monegros. El Camino del Ebro, al discurrir siempre a tiro de piedra del río, atraviesa zonas de regadío que se aprovechan de su agua, espina dorsal de media península Ibérica.

Después de Escatrón aparece uno de los enclaves más bellos del Camino: el monasterio de Rueda. Convertido hoy en hospedería de lujo, su enorme noria vuelve a girar incansable tras una cuidada restauración. Aquí todo es agua, el agua del regadío, el agua de los canales, el agua del río. En la misma etapa varias subidas y bajadas nos ayudan a atajar entre los preciosos meandros que el río ha tallado para abrirse paso en la montaña.

Después llega Zaragoza y el Camino se interna en la ciudad para visitar la Pilarica. Ebro arriba, por terreno llano dominado por la inconfundible silueta el imponente Moncayo, siempre nevado, espera Tudela. Tierras de huertas, pero también tierras de desierto. Las cercanas Bardenas Reales, con sus montañas de barro y sus picachos en equilibrio, se dibujan en el límite de los cultivos.

La generosidad de la tierra continúa al entrar en La Rioja. Buenas huertas y buenos vinos. La romana Calahorra y, un par de etapas más allá, Logroño, van marcando el final de un Camino muy solitario que aquí se integra en el Francés. La soledad del peregrino deja paso al jolgorio y el bullicio que caracterizan la principal de las vías de peregrinación de todo el continente europeo.

A nivel práctico, las señales, en forma de flechas amarillas, no aportan ningún problema para seguirlas. El Camino del Ebro está bien pintado. No existen grandes elevaciones ni puertos de montaña, aunque a veces hay que salvar repentinos repechos, especialmente entre Escatrón y Fuentes de Ebro. Y otro dato esencial: no existen albergues suficientes en la ruta, hemos contado sólo 14 en las 20 etapas que separan el delta de Logroño. Pero por suerte, hay hostales y pensiones en casi todos los pueblos de cierta entidad del recorrido, por lo que no hay problema alguno en cuanto a la pernocta.

Ya sabéis, si disponéis de tiempo suficiente (50 días) y de ganas, tenéis en esta ruta casi desconocida una excepcional oportunidad para disfrutar del Camino más auténtico, el que aúna la soledad del tramo hasta Logroño con el gentío del Camino Francés. Aunque quizás resulte difícil para muchos adaptarse a la algarabía después de tantos días de íntima peregrinación junto al Ebro.

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