La llegada al Obradoiro

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El perro peregrino

Caminas por las calles empedradas. Iglesias, tabernas y tiendas de todo tipo flanquean tus pasos. En tu camino te cruzas con gentes que deambulan deprisa hacia el trabajo o que pasean con calma entre la ciudad monumental. La mayoría ni te mira. Estás acostumbrado a pasar por pueblos donde todo el mundo saluda al peregrino, pero la ciudad te convierte en un personaje anónimo, uno más de los cientos que cada día llegan hasta ella. Sólo se te acerca algún tendero de souvenirs para ofrecerte una degustación de tartas con la esperanza de que le compres algo. El sonido de una gaita comienza a adueñarse del ambiente. Un arco entre dos edificios protege al gaitero, que espera algún donativo de los paseantes. Pasas junto a él y, de pronto, al salir del arco, se abre ante tí la plaza. Has llegado al Obradoiro, kilómetro cero del Camino. Aún no ves la catedral. Frente a tí se alza el edificio de la Xunta y el Ayuntamiento, pero hasta que tus pasos no te llevan hasta el centro de la plaza y te giras para mirar atrás, no alcanzas a ver la fachada de la catedral.

Es un momento mágico. La fría sensación que causa la entrada en la ciudad se disuelve por completo y la emoción te embarga. Hay quien llora, hay quien canta, hay quien ríe, hay quien se abraza. Si te sientas en el suelo y dejas pasar el tiempo con la mirada absorta en la catedral, todo un mundo de personajes y situaciones curiosas pasarán como si estuvieras mirando una película en cinemascope.

El que nunca falta es Zapatones, un popular personaje disfrazado de peregrino que dice ser el peregrino de la Xunta. Algo así como un espía enviado por la Xunta para comprobar que todo en el Camino está en orden. Casualmente siempre está en el Obradoiro a la espera de peregrinos recién llegados, no parece inspeccionar mucho. Se acerca a los peregrinos, entabla conversación, les cuentas sus historias y a cambio saca alguna invitación para comer o cenar de tapeo y alguna propinilla si cae. Un entrañable pícaro del Camino, vaya.

Zapatones

Otro que no falta a su cita es el perro peregrino. Suele estar sentado en algún escalón y es un pequinés disfrazado de peregrino. Una cosa muy friki, pero como a los turistas les hacen gracia esas cosas, suelen sacarse fotos con el pequinoide caminante. Previo pago de un par de euros, claro. Este verano me di una vuelta por Santiago y allí estaba el perro, pero me llevé una sorpresa al ver que no era el mismo animal que en el Xacobeo del 99. Se ve que tienen sustitutos preparados para cuando el pequinés anterior se jubila de tanto peregrinar.

Cerca de él suele estar el fotógrafo de los falsos peregrinos. Es un tipo que tiene un panel de esos en los que aparecen pintados unos personajes, en este caso unos peregrinos, con un hueco a la altura de las cabezas para que los clientes puedan asomarse por allí. Te retrata como peregrino dibujado, te saca unos eurillos y te llevas la foto en plan polaroid de las antiguas. También me sorprendí este verano al pasar por allí. Las que se estaban sacando una foto en plan Grease eran dos monjas entradas en años.

Y hay más, muchos más personajes curiosos en la ciudad de los peregrinos, tantos que cuando más se disfruta del paseo es después de cenar, cuando las calles están casi desiertas y sólo resuena en el ambiente la musiquilla de algún lejano gaitero. Bueno, también hay otro momento magnífico para el paseo por Compostela: a primera hora de la mañana, cuando se desperezan las calles cercanas al mercado de abastos, uno de los más coloridos de todo Galicia. ¿Os habéis fijado en los fantásticos mercados de los pueblos del Camino? Bueno, ese es otro cantar del que nos ocuparemos en otra ocasión.

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Un comentario to “La llegada al Obradoiro”

  1. Erlantz dice:

    Hace tiempo escribí en este blog y prometí contar mi experiencia.Hitza hitz;la palabra,palabra,dicen en la vieja Vasconia.Mi camino ha terminado hace sólo unos días.Roncesvalles-Santiago,en pleno invierno.Una experiencia inolvidable,no sólo por el Camino en sí,sino por la gente con la que “tropiezas”,gente de todo tipo que hace un Camino distinto al otro.Seguramente,sólo quien ha entrado en la plaza del Obradoiro después de casi 800 kms,puede entender la emoción que uno siente,los sentimientos encontrados,la alegria y tristeza del “final”.Por la mente,sentado,apoyado en esa mochila que ha sido tu compañera inseparable tantos días,pasan todo tipo de recuerdos,te aíslas en una burbuja,de la que,poco a poco vas saliendo y volviendo a la realidad.Duro,sí puede ser duro en invierno.Auténtico,desde luego mucho mas que en verano o eso creo,visto la basura,sobre todo en la parte gallega,la masificada,que dejan los “gochugrinos”,que diría un asturiano.El Camino tiene en eso su parte negativa,el mal comportamiento de ciertos memos que no paran de dejar su huella en forma de pintadas y basura.Los campesinos gallegos no beben bebidas isotónicas ni comen barras de cereales.Lo mas triste es que hay contenedores practicamente cada 500 metros.Simplemente el Camino no merece ese trato.