El Camino desde el otro lado

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Camino al refugio

Cinco y media de la mañana, suena el despertador. Aún es noche cerrada, la estrellas se cuelan por las ventanas y el pueblo aparece dormido a la luz de la luna. Bostezando, baja las escaleras y abre la puerta de la cocina. Pone a calentar la leche y enchufa la cafetera eléctrica. Mientras se hace el café, coloca en las mesas veinte manzanas -una por cada peregrino-, unos cuantos paquetes de galletas, cucharillas y azúcar. Cuando todo está listo, pulsa el play del reproductor de CD. El Dum Pater Familias, música gregoriana basada en el Codex Calixtinus, comienza a sonar suavemente por los altavoces situados en los dormitorios. Espera aún unos segundos antes de encender las luces. Después, comienza a pasear por el dormitorio susurrando:

-Buenos días, el café con leche está listo.

Los peregrinos se van desperezando y comienzan a prepararse para la etapa. Entre tanto, el hospitalero abre el portón del refugio y sale a la noche. El cielo sigue tan oscuro que nada parece indicar que en apenas quince minutos comenzará a clarear. Mira hacia el cielo y localiza el lucero del alba, un ritual que sin planteárselo realiza cada día. De vuelta al interior, sube al comedor para esperar a los primeros peregrinos. No tardan en aparecer. Les sirve café con leche en un tarro de esos de cuajada, para que tenga un aire medieval. Se sientan y desayunan, charlando entre ellos y preguntando a veces al hospitalero sobre la etapa de la jornada. Después, con las mochilas en la espalda se despiden de él, que baja hasta la calle para desearles buen Camino.

Cuando se ha ido el último y el sol hace pocos minutos que asoma por el horizonte, el hospitalero vuelve al comedor. Se sirve un café, se unta mantequilla en algunas galletas y desayuna con calma. Después comienza el zafarrancho. Durante horas recoge el comedor, sacude la arenilla de las camas, barre todo el refugio y friega con agua y lejía hasta el último rincón. Por último, se pone unos guantes de latex y limpia a fondo los baños, sin escatimar en lejía. Deben de ser alrededor de las 11 de la mañana y parece que hubiera pasado todo un día de trabajo. Es hora de tumbarse, leer, o dar una vuelta por el pueblo. Tiempo libre, vaya, porque a la una habrá que ir a comer.

Como cada día, come en un restaurante del pueblo en el que preparan buena comida casera. Dos platos, postre y café, porque es la única comida con fundamento que hará en todo el día. A las 14,30 se levanta de la mesa para volver al refugio. Es hora de abrir, los peregrinos empiezan a llegar. Los obsesionados por encontrar cama libre hace un rato que esperan en fila junto a la puerta. Desde ahora y hasta las ocho de la tarde, pasará las horas sentado a la fresca en el portal o a la sombra en los bancos exteriores, a la espera de los peregrinos que van llegando. Según lo hacen, les acompaña hasta su cama, les enseña el refugio y les explica las normas. Todos se maravillan al llegar al jardín, con su pozo, sus mesas a la sombra y sus tendederos. Y se maravillan también con la limpieza.

Llega la noche. Los peregrinos cenan, unos en el jardín, otros en el comedor. Es tiempo de tertulia y el hospitalero participa, disfrutando de su compañía y sus anécdotas. Se acuerda de cuando empezó y se vino a vivir al Camino. Preparaba un riquísimo aguardiente de pasas que ofrecía a los peregrinos y les ayudaba a curarse las ampollas con agua y sal. Ahora no tiene tiempo para todo, tendría que desdoblarse. Al retirarse a dormir, algún peregrino echa unas monedas en la hucha que cuelga de la pared y que reza “Este albergue se mantiene con tu donativo voluntario; gracias”. Hay otras repartidas por diferentes puntos del albergue. Al hospitalero le gusta que sea así, de ese modo el peregrino puede decidir en cualquier momento si contribuir o no sin la presión de saberse observado.

Una vez se han retirado a dormir, el hospitalero apaga las luces, cierra las puertas y sube al comedor. Coge un plato y saca de la nevera un tomate y un trozo de queso. Eso y una manzana será toda su cena. Después sólo queda retirarse a dormir. Será el último en tumbarse y el primero en levantarse cuando el despertador dé las cinco y media de la mañana.

Este relato de la vida de un hospitalero se basa en la vida cotidiana de Resti, hospitalero de Castrojeriz desde 1995 hasta 2008. Voluntarios como él hay muchos a lo largo de todo el Camino. Unos de quincena, otros de todo el año. Gracias a ellos el peregrino actual puede hacer el Camino. Sin ellos no habría refugios, ni limpieza, ni orden ni nada de nada. A veces pueden tener normas que pueden parecernos estrictas, pero lo hacen para asegurar el descanso y bienestar de los peregrinos.

Seamos agradecidos y recordemos que están regalando su tiempo para ayudarnos a nosotros. Por eso en el Camino nunca hay que exigir y siempre hay que agradecer.

¡Gracias hospitaleros voluntarios!

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Un comentario to “El Camino desde el otro lado”

  1. Pilar dice:

    Gran artículo, me ha gustado mucho.

    Hice el camino el pasado año con un grupo de scouts de el Grupo Scout Azahar de Algemesí, Valencia, y recordamos con cariño a la hospitalera de Foncebadón, Pilar y a su hijo pequeño, ese era el primero de sus 15 días como hospedera e hizo que nuestra estancia fuera una de las mejores del camino. Gracias a todos ellos!