Entre corredoiras y aldeas

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Corredoira entre la niebla

Todo cambia al llegar a O Cebreiro. Hasta entonces los caminos eran anchos, de tierra y compartidos con tractores casi siempre, pero la entrada en Galicia los vuelve estrechos. Estrechos y empedrados en muchos tramos. Son las corredoiras, las viejas rutas de unión entre aldeas. Existen desde mucho antes de la llegada de las carreteras y durante siglos, tal vez milenios, fueron la verdadera espina dorsal de las tierras gallegas. Por ellos caminaron -y lo siguen haciendo- los vecinos de los pueblos, el ganado, los arrieros con sus carros de bueyes y, por supuesto, los peregrinos.

Es aquí precisamente, en estas viejas vías empedradas, donde unas buenas Chiruca de caña alta resultan casi indispensables. El paso de los años ha ido desgastando las losas del suelo, hasta conformar un piso irregular que puede jugar malas pasadas a nuestros tobillos. En las corredoiras las torceduras están a la orden del día. A veces, pequeños arroyos se han adueñado de ellas, inundando algunos tramos que es necesario salvar por nuevos empedrados situados a más altura, a un lado del cauce. Y si para los caminantes pueden jugar malas pasadas, aún más para los ciclistas, que encuentran imposible pedalear sobre un firme tan abrupto y suelen evitarlas por la carretera.

Pero dejando de lado pequeñas incomodidades, las corredoiras son entrañables. En ellas se respira la auténtica esencia de la Galicia más rural. Discurren entre bosques silenciosos y pastos cercados por infinitos muros de piedra construidos a base de paciencia y mucho tiempo. Es frecuente el encuentro con algún vecino de la zona que se dirige al campo a buscar a las vacas, o a la huerta a buscar un par de coles para preparar un pote gallego. No siempre es fácil entenderse con ellos porque, aunque amables, su idioma baila entre el gallego y un castellano tan cerrado que es necesario agudizar el oído para cazar alguna palabra.

Las serpenteantes corredoiras nos llevan de aldea en aldea. Recias casas de granito con chimeneas humeantes incluso en pleno verano se arremolinan alrededor de iglesias junto a las que no suele faltar un pilón al que se acercan las vacas a beber. El agua de las fuentes, como siempre en Galicia, es deliciosa y refrescante. Tan fresca que duelen las manos sólo de ver a las ancianas que aún lavan la ropa a mano en los lavaderos que aprovechan las aguas de algún arroyo de aguas cristalinas pero gélidas.

Son tierras mágicas, de robles retorcidos de apariencia embrujada y aldeas que parecen dormidas en el tiempo. Por la noche, cuando el silencio sólo se ve roto por el susurro del agua en la fuente o algún arroyo cercano, las supersticiones y los personajes mitológicos se adueñan de todo. Es entonces cuando a través de las ventanas de las casas podemos vislumbrar el resplandor de alguna queimada que ahuyente los malos espíritus antes de que la familia se retire a dormir.

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3 comentarios to “Entre corredoiras y aldeas”

  1. GORO dice:

    Cuando llegasa O Cebreiro, realmente piensas esto se Galicia, y el verdadero camino, y subiendo al alto del poio comentas con tus compañeros la primera vez que pasas. ¿todo el camino hasta Santiago no sera asi? y desciendes hasta Triacastela y el alberge buenisimo.
    ENCUENTRATE A TI MISMO ¡BUEN CAMINO!

  2. marajota dice:

    Joder, al final se te ha ido un poco la olla chico.

    La queimada es algo muy especial para ocasiones muy contadas. Jamás la verás tomándola en familia sino como final de una buena comilona con mucha gente con tremenda algarabía. No es final de fiesta sino comienzo de cánticos y anécdotas.

  3. Diego Polo dice:

    Quizás ahora porque se ha banalizado Marajota, pero originalmente la queimada se realizaba para protegernos de las meigas y otros genios nocturnos. En cualquier caso, gracias por la aclaración acertada: hoy una queimada es sinónimo de fiesta y algarabía.