
Camino de Santiago (Foto: FreeCat)
Durante muchos, muchísimos años, los peregrinos que llegábamos a Burgos dormíamos en el rudimentario refugio del Parral. Era algo así como una casita de campo, de esas prefabricadas en madera, colocada en uno de los parques más populares de la ciudad. Siempre parecía algo provisional. Veías aquel edificio de madera, apoyado en unos bloques de hormigón para aislarlo del suelo, y pensabas “El año que viene ya no estará”. De hecho, los hospitaleros siempre comentaban que se pretendía construir un nuevo albergue en el centro de la ciudad. Sin embargo, volvías un año después y el refugio del Parral seguía allí. Estaba lejos del centro, en plena salida de la ciudad, y el barrio no era el más recomendable, porque a veces se producían robos.
Han tenido que pasar muchos años. El Parral funcionaba desde el Xacobeo 93 y hasta 2008 constituyó el principal albergue de la ciudad. Todos comentábamos que era triste que una ciudad nacida al amparo de la ruta jacobea, le diera la espalda al Camino de una manera tan flagrante. Ahora ya no es así. El albergue de la Casa del Cubo, inaugurado en verano de 2008, es uno de los mejores del Camino Francés. Su situación, detrás de la catedral, es inmejorable. Está abierto todo el año, cuenta con 145 plazas en literas, agua caliente, lavaderos y otros muchos extras. Aunque lo mejor de todo, como siempre, es que está atendido por hospitaleros voluntarios que se desviven por ayudar en todo lo posible a los peregrinos. Y la pernocta sólo cuesta 3€.
Pero os voy a confesar algo. Y estoy seguro que muchos estaréis de acuerdo conmigo. Echo de menos el viejo refugio del Parral. Sí, tantos años quejándonos y ahora nos acordamos de sus muchas virtudes. Y es que después de la dura entrada en Burgos, que obliga a recorrer largos kilómetros entre polígonos industriales, el Parral resultaba relajante. Dormir allí, entre los árboles centenarios, era como estar en la montaña, lejos del ajetreo de la gran ciudad. Sus mesas de picnic a la sombra de los plátanos invitaban a la charla relajada mientras veías cómo el viento mecía las ropas tendidas entre los troncos.
Pero lo mejor de todo era una persona, un personaje que vivió sus últimos años compartiendo el desayuno con los peregrinos. Jesús, al que llamábamos el Parralero, tenía su casa junto al refugio. Era la casa del guarda del parque. Estaba jubilado, pero cada mañana abría el portón de su granero para ofrecer desayuno a los peregrinos. Una enorme olla con café con leche humeante presidía aquella estancia forrada de fotos que le enviaban los peregrinos. Alrededor, en mesas cubiertas con viejos manteles de hule, había mantequilla, mermelada y montañas de pan tostado.
Jesús era un cascarrabias. Pero un cascarrabias simpático, entrañable y que se hacía querer. Todo un personaje del Camino que disfrutaba especialmente en invierno, cuando no había hospitaleros y se ocupaba personalmente de abrir y cerrar el refugio. Él se quejaba, le gustaba quejarse, pero lo hacía siempre con la sonrisa en la boca y dispuesto a echar una mano. Se pasaba las horas contando historias, escuchando y sólo se enfadaba cuando a alguien se le ocurría ir a molestarle a la hora de la siesta, cuando estaba viendo los documentales de la 2.
Murió allá por el año 2000 y con él se fue lo mejor del Parral. El viejo refugio prefabricado, aún sobrevivió unos cuantos años más, demasiados si tenemos en cuenta las demandas de los peregrinos. Hoy, dejando aparte las nostalgias y gracias a la Casa del Cubo, Burgos recibe al peregrino como se merece. Esperemos que otras ciudades jacobeas sigan el mismo ejemplo.